Escucha mis palabras, y no desdeñes nada de lo que diga.
Recuerda siempre mi consejo; así prosperarás y vivirás del mejor modo posible. Sabes que te he educado en sabiduría y virtud. Te alimenté y te vestí. Renuncié al sueño para educarte, y hacerte sabio, y elevarte al máximo grado posible de conocimiento y de moral.
Han pasado más de siete años desde que empezaste a estudiar la caligrafía árabe, pero pese a mis ruegos, no te has esmerado en ello.
Sabes muy bien cómo nuestros más destacados compatriotas han alcanzado posiciones elevadas gracias a su pericia en la escritura árabe. Shamuel HaNaguid atribuía su carrera ascendente a esta capacidad. También otros obtuvieron riquezas y honores gracias a su árabe.
Tampoco has adquirido la suficiente habilidad para la escritura hebrea, pese a que pagué 30 piezas de oro por año a tu maestro.
Dedícate al estudio de la Torah y también al de la medicina. Despierta de tu sueño, entrégate a la ciencia y a la vida moral. Como dice un filósofo árabe, existen dos ciencias, la ética y la física; procura destacarte en ambas.
Que tus libros sean tus compañeros. Que los estantes de tu biblioteca sean tu campo de juego y tu jardín. Cosecha tus frutos. Si te cansas de ellos, vé de jardín en jardín, de surco en surco. Entonces querrás aprender más.
Lee todas las semanas el fragmento correspondiente de la Torah en árabe. Ello mejorará tu vocabulario árabe y te ayudará a traducir, si te sientes inclinado a ello.
En cuanto a matrimonio, ninguno de tus compañeros llevó a cabo una unión más honorable. Tomé para ti la hija de una familia culta y distinguida, erudita y de alta posición. No te vendí por dinero, como muchos más ricos que yo han hecho. En honor a mí, te agasajaron en tu boda la realeza y las máximas autoridades religiosas (no judías), hombres de la mayor distinción. Y si el Creador ha mostrado Su amor hacia ti y hacha mí, de modo tal que judíos y no judíos te han honrado por respeto a mí, procura en adelante añadir a tu honor, para que seas respetado por ti mismo.
Que tu rostro se ilumine ante todo hombre. Cuida a los enfermos, y ojalá que tu conocimiento los cure. Acepta el pago de los ricos, pero ayuda a los pobres sin que te paguen. El Señor te recompensará. De este modo, obtendrás el respeto de altos y bajos, entre judíos y no judío.
Que Aquél que da la sabiduría al simple y el conocimiento al joven, te dé un buen corazón y un oído atento. De este modo, nuestra alma agradecerá al Señor y se regocijará en su salvación''
Testamento Ético del judío español Yehuda Ibn Tibón, para su hijo Samuel. Al rededor de 1190.