Situación de colectivo[1]. No importa precedencia ni destino. No importa línea ni interno, ni siquiera recorrido. Lo único que importa es que estoy en un colectivo en Buenos Aires. No recuerdo bien si era en el Gran o de la General Paz hacia el este, hacia el Río de La Plata. Pero como dije antes, no es eso lo que importa, lo que modifica mi relato.
A juzgar por la hora el ómnibus no iba tan lleno. Imaginate: más o menos las 6 de la tarde de un viaje de vuelta en un día hábil y recién a la mitad del recorrido del chofer. Ese chofer al que le confiamos no sólo nuestro viaje sino no nuestra vuelta a casa, que no es lo mismo. Tal vez no es que venimos, sino que vamos.
Se empezaba a sentir ese calorcito humano. Mezcla del cansancio, de horas de laburo y por sobre todas las cosas porque todavía era verano o principios de otoño, cuando odiamos viajar por la temperatura bastante cálida y no vemos la hora de llegar y tomarnos un buen vaso de soda fría, o tal vez tres, y tomar unos amargos al ritmo de los chicos que nos cuentan cómo les fue en la escuela, unas leídas a una revista, un diario vespertino, una novela en la tele, un libro o, por qué no, al compás de la radio, de piazzola, chopin… Perdón, hasta la radio estaba bien. No es que nadie pueda disfrutar esa música, pero a esa hora escuchar llorar un bandoneón, raspar un violín o resoplar un trombón, puede ser bastante difícil. Y digo difícil por el simple hecho de que hay que estar preparado o entrenado para escuchar una sinfónica y disfrutarla desde el primer contrabajista hasta el de los platillos. Y al dos por cuatro, le perdimos mucho respeto, lo descuidamos y para resumir, si hoy en día escuchás tango y tenés menos de 50 ya sos un bicho raro. Espero que alguna vez volvamos a las milongas populares o a San Juan y Boedo antiguo, por nuestro bien.
Estábamos en el colectivo unas 40, 45 personas desde donde yo podía ver. Lo seguro es que yo tenía alguien sentado a mi derecha, alguien sentado atrás mío, alguien a su lado, alguien parado adelante mío, alguien adelante mío (parado en la puerta) y muchos otros álguienes. De un cierto alguien te puedo dar un poco más de información, ese que ya nombré antes y seguro todos conocemos cuando nos subimos al bondi, el Chofer. Bueno, teníamos un chofer. Perdón por no poder decirte más que eso, pero sólo muy pocos (aunque en realidad sería más apropiado decir pocas) saben algo más o aun que sea algún algo más de la vida de los camisa azul que su nombre laboral.
Todos los álguienes, el chofer y Yo, íbamos cada uno en lo suyo, acostumbrados a viajar o a andar por un camino, que pasó en medio de esa rutina, como no podía ser peor, se puso el semáforo en rojo.
Es increíble que existan esos aparatos tan sofisticados. Sí esos cosos que hacen que nos confundamos los colores primarios. Mientras más ganas tenés de llegar o mientras más apurado estés, más eterna se te hace la espera. Digo sofisticados porque tienen, por empezar, un poder mágico: con sólo cambiar un color o combinar un par te dice que hacer. Y lo más impresionante es que es un objeto manipulado por la electricidad. ¿Te imaginás el caos que puede ocasionar una mínima falla en su sistema operativo? Encima de tener la particularidad de cómo dije antes ordenarnos (algo que todos intentan y es algo realmente complicado, manipular personas) tienen además el ingenio para hacernos sentir. Odiamos el rojo: que nos detengan, que nos impongan un alto a nuestro andar. Nos intriga el amarillo: un color bastante complicado. Está sólo para darnos una mínima esperanza de no llegar al rojo. Ese placar de sentir que todavía mandamos nosotros y que a veces dura tan poco. Pero lo peor de todo es cuando le sigue el verde. Ahí sí que se nos hace eterno. La mezcla del rojo y amarillo trae una re-mezcla de sensaciones y ganas de pisar a fondo el acelerador.
El caso es que el semáforo estaba en rojo y yo en mi feliz mundo con ganas de llegar a destino y que se disipe un poco el aroma a cuerpo humano traspirado, cuando de la nada o de pronto, se escucha un grito de mujer o de nena o de mezcla de las dos cosas o de adolescente o de pre-adulta. Era un grito de alguien femenino. Un grito aterrador, desgarrante, con busca de auxilio y con mínimas esperanzas de conseguirlo. Fue tan tremendo el grito que logró que todos giremos (y me acuerdo como si fuera ayer) nuestra cabeza para mirar qué era lo que estaba pasando. Todos los álguienes con cara de preocupados o de intrigados. No sé a cuántos realmente les interesaba lo que pasaba. El grito fue como uno de esos que no te esperás y te sorprenden. Uno de esos que rompen con la rutina diaria. Un grito que salía del alma.
El semáforo seguía en rojo y ya no se volvió a escuchar otro grito y posiblemente fue razón suficiente para que la gente no siga intrigada por ver lo que había sucedido (si es que realmente les había interesado desde un principio). Yo sin embargo seguí esperando a ver que pasaba.Como por arte de magia el semáforo cambia de color a rojo-amarillo y en ese mismo instante, en ese segundo que para los que están apurados es una eternidad. Ese segundo que para los que están cruzando puede servirles para correr y llegar a la otra orilla, en ese segundo veo (en la vereda de donde había venido el grito) increíblemente una nena (de 7 años aproximadamente) corriendo y atrás un nene (seguramente de la misma edad) persiguiéndola y llegando a atraparla. Un mili-segundo después, ella lo corría a él.
Semáforo en verde el viaje continuó normalmente. Yo ya no era el mismo. Quería una vez más volver a ser chico, un niño, como Janusz Korczak.
Dirás ‘¿demasiado texto para éste final?’. Sacá tus propias conclusiones, yo las sigo sacando.
[1] Esta nota la empecé a escribir cuando me pasó esto. Habrá sido por el mes de Marzo de 2010 y recién ahora la terminé. Lo más lindo es que la recuerdo tal cual.


