Una canción distinta a la que escuchamos todos los días. Un poco de humor, sarcasmo, música, noticias, y reflexiones

martes, 21 de junio de 2011

Momento 1

Situación de colectivo[1]. No importa precedencia ni destino. No importa línea ni interno, ni siquiera recorrido. Lo único que importa es que estoy en un colectivo en Buenos Aires. No recuerdo bien si era en el Gran o de la General Paz hacia el este, hacia el Río de La Plata. Pero como dije antes, no es eso lo que importa, lo que modifica mi relato.
Estoy situado en el asiento que está detrás a la puerta del medio, en el lugar que podríamos llamar del pasillo. Es uno de esos bondis que son especiales o ideales para gente discapacitada o, mejor dicho, con capacidades acotadas, para niños, mujeres embarazadas, gente mayor. Si no recuerdo mal los asientos eran de tapizado naranja, y lo demás (la parte interna del colectivo) era blanca.
A juzgar por la hora el ómnibus no iba tan lleno. Imaginate: más o menos las 6 de la tarde de un viaje de vuelta en un día hábil y recién a la mitad del recorrido del chofer. Ese chofer al que le confiamos no sólo nuestro viaje sino no nuestra vuelta a casa, que no es lo mismo. Tal vez no es que venimos, sino que vamos.
Se empezaba a sentir ese calorcito humano. Mezcla del cansancio, de horas de laburo y por sobre todas las cosas porque todavía era verano o principios de otoño, cuando odiamos viajar por la temperatura bastante cálida y no vemos la hora de llegar y tomarnos un buen vaso de soda fría, o tal vez tres, y tomar unos amargos al ritmo de los chicos que nos cuentan cómo les fue en la escuela, unas leídas a una revista, un diario vespertino, una novela en la tele, un libro o, por qué no, al compás de la radio, de piazzola, chopin… Perdón, hasta la radio estaba bien. No es que nadie pueda disfrutar esa música, pero a esa hora escuchar llorar un bandoneón, raspar un violín o resoplar un trombón, puede ser bastante difícil. Y digo difícil por el simple hecho de que hay que estar preparado o entrenado para escuchar una sinfónica y disfrutarla desde el primer contrabajista hasta el de los platillos. Y al dos por cuatro, le perdimos mucho respeto, lo descuidamos y para resumir, si hoy en día escuchás tango y tenés menos de 50 ya sos un bicho raro. Espero que alguna vez volvamos a las milongas populares o a San Juan y Boedo antiguo, por nuestro bien.
Estábamos en el colectivo unas 40, 45 personas desde donde yo podía ver. Lo seguro es que yo tenía alguien sentado a mi derecha, alguien sentado atrás mío, alguien a su lado, alguien parado adelante mío, alguien adelante mío (parado en la puerta) y muchos otros álguienes. De un cierto alguien te puedo dar un poco más de información, ese que ya nombré antes y seguro todos conocemos cuando nos subimos al bondi, el Chofer. Bueno, teníamos un chofer. Perdón por no poder decirte más que eso, pero sólo muy pocos (aunque en realidad sería más apropiado decir pocas) saben algo más o aun que sea algún algo más de la vida de los camisa azul que su nombre laboral.
Todos los álguienes, el chofer y Yo, íbamos cada uno en lo suyo, acostumbrados a viajar o a andar por un camino, que pasó en medio de esa rutina, como no podía ser peor, se puso el semáforo en rojo.
Es increíble que existan esos aparatos tan sofisticados. Sí esos cosos que hacen que nos confundamos los colores primarios. Mientras más ganas tenés de llegar o mientras más apurado estés, más eterna se te hace la espera. Digo sofisticados porque tienen, por empezar, un poder mágico: con sólo cambiar un color o combinar un par te dice que hacer. Y lo más impresionante es que es un objeto manipulado por la electricidad. ¿Te imaginás el caos que puede ocasionar una mínima falla en su sistema operativo? Encima de tener la particularidad de cómo dije antes ordenarnos (algo que todos intentan y es algo realmente complicado, manipular personas) tienen además el ingenio para hacernos sentir. Odiamos el rojo: que nos detengan, que nos impongan un alto a nuestro andar. Nos intriga el amarillo: un color bastante complicado. Está sólo para darnos una mínima esperanza de no llegar al rojo. Ese placar de sentir que todavía mandamos nosotros y que a veces dura tan poco. Pero lo peor de todo es cuando le sigue el verde. Ahí sí que se nos hace eterno. La mezcla del rojo y amarillo trae una re-mezcla de sensaciones y ganas de pisar a fondo el acelerador.
El caso es que el semáforo estaba en rojo y yo en mi feliz mundo con ganas de llegar a destino y que se disipe un poco el aroma a cuerpo humano traspirado, cuando de la nada o de pronto, se escucha un grito de mujer o de nena o de mezcla de las dos cosas o de adolescente o de pre-adulta. Era un grito de alguien femenino. Un grito aterrador, desgarrante, con busca de auxilio y con mínimas esperanzas de conseguirlo. Fue tan tremendo el grito que logró que todos giremos (y me acuerdo como si fuera ayer) nuestra cabeza para mirar qué era lo que estaba pasando. Todos los álguienes con cara de preocupados o de intrigados. No sé a cuántos realmente les interesaba lo que pasaba. El grito fue como uno de esos que no te esperás y te sorprenden. Uno de esos que rompen con la rutina diaria. Un grito que salía del alma.
El semáforo seguía en rojo y ya no se volvió a escuchar otro grito y posiblemente fue razón suficiente para que la gente no siga intrigada por ver lo que había sucedido (si es que realmente les había interesado desde un principio). Yo sin embargo seguí esperando a ver que pasaba.
Como por arte de magia el semáforo cambia de color a rojo-amarillo y en ese mismo instante, en ese segundo que para los que están apurados es una eternidad. Ese segundo que para los que están cruzando puede servirles para correr y llegar a la otra orilla, en ese segundo veo (en la vereda de donde había venido el grito) increíblemente una nena (de 7 años aproximadamente) corriendo y atrás un nene (seguramente de la misma edad) persiguiéndola y llegando a atraparla. Un mili-segundo después, ella lo corría a él.
Semáforo en verde el viaje continuó normalmente. Yo ya no era el mismo. Quería una vez más volver a ser chico, un niño, como Janusz Korczak.

Dirás ‘¿demasiado texto para éste final?’. Sacá tus propias conclusiones, yo las sigo sacando.


[1] Esta nota la empecé a escribir cuando me pasó esto. Habrá sido por el mes de Marzo de 2010 y recién ahora la terminé. Lo más lindo es que la recuerdo tal cual.

domingo, 19 de junio de 2011

En el camino

En el camino para llegar a ser buena persona me encuentro con muchas cosas. Una de ellas es gente que me ayuda a empezar el viaje. A caminar. Gente que me acompaña hasta cierto punto donde ya no les corresponde llevarme de la mano, sino mirar por donde voy y tirarme tips de cómo caminar mejor.
Me encuentro con pozos, baches, lomos de burro, señales desprolijas, caminos alternativos y hasta atajos no seguros.
Me encuentro con y en el camino de otra gente, me uno al caminar y aprendemos a caminar juntos. A veces corremos, a veces vamos más lento. Unas veces nos sentamos y hasta dormimos. Compartimos cosas de todo tipo, experiencias que van haciendo de ese camino compartido uno nuevamente solitario pero con más herramientas para caminarlo mejor.
Me encuentro solo. Me encuentro formando mi identidad, mis ideas, proyectos.
Me encuentro con gente que no quiere que avance (de esta hay más que de la anterior) y hasta me ayuda a retroceder. Gente que me lleva por mal camino y me hace vivir las peores experiencias. Pero de todas maneras, sigo caminando y de donde sea que quedé, reemprendo mi viaje.
Llega un momento en el camino donde me encuentro con una persona que siempre caminó cerca de mí y aunque muchas veces no haya prestado la suficiente atención, poco a poco los caminos de ambos se van haciendo uno solo.
Es el momento de caminar con esa persona que no se cruza por causalidad o que se cruzó un par de veces. Caminar de la mano nuevamente (como al principio, pero por todo lo recorrido y caminado, ya no soy el mismo) para crear nuevos caminos para otras personas y para hacer que nuestros caminos (que ahora son el mismo) sean lo más lindos posibles. Caminar de la mano hace que se pueda disfrutar cada paso que das y quieras dar otro por el simple hecho de que tenés con quién darlo. Ese quién no es cualquier quién. Es tú quién y lo va a ser por toda la eternidad, o por lo menos conmigo lo es. Lo sé, lo siento.
Para ser sincero no puedo hablar mucho más de la gente que me encuentro en el camino. Por lo menos no en el mío, puesto que lo sigo transitando.
Lo que sí sé y puedo decir es que es un largo camino, que en un abrir y cerrar de ojos se pasa. Se termina, se desvanece.
Este camino que en una de sus versiones lo llaman vida, es una suerte de ‘juego de la oca’ del que sabemos que empieza en la ‘SALIDA’ y termina en la ‘LLEGADA’. El que hace trampa, llega primero. El que no hace trampa tiende a tener más mala suerte. Si perdés el turno es un buen momento para ver dónde estás y dónde están los que juegan con vos (nadie se salva de perder el turno). Te va a tocar momentos en los cuales vas a compartir los casilleros con los otros participantes.
La gran diferencia es que en este juego de la oca, camino, vida, no jugás por llegar primero. No jugás por llegar al final con más plata, fichas. Jugás no queriendo llegar, aunque sabés que tarde o temprano el juego se va a acabar. Es un juego que no elegimos jugar, pero desde el vamos aparecemos en el casillero siguiente a la SALIDA y sí o sí se acaba, aunque no querramos. Si hacés trampa, llegás antes. ¿Cómo vas a jugar? ¿Qué vas a elegir, leer las instrucciones del juego o mandarte a jugar sabiendo que muchos atajos son muy malos?
Puedo seguir pero no lo voy a hacer, solamente quiero decir que yo extraño a una persona que no terminó de acompañarme cuando debía y que no me puede tirar tips de cómo caminar mejor o por dónde me conviene agarrar para que las cosas se me hagan más sencillas. Nada más.
Shavua Tov – Buena Semana
Ari Dajczman
19/06/11 – 17 de Sivan de 5771

jueves, 16 de junio de 2011

Un poco de voluntad


Hoy un Rab me preguntó ‘cuál es mi concepción de vida’ y se que todavía no estoy en condiciones de responderlo y si lo hiciera en breves cambiaría puesto que me falta todavía para poder llegar a una mínima definición. Lo que sí me hizo pensar (algo en lo que vengo meditando hace unos días, o mejor dicho unos años) es la siguiente filosofía:
Yo creo (y creo por experiencia) que la persona que quiere estar mal, lo va a estar. Si quiere estar bien, también lo va a estar. El tema radica en si realmente quiere una cosa o la otra.
Se supone por lo que escuchamos todos los días o por el comentario popular es que ‘todos queremos ser felices’ o ‘nuestra meta es ser felices’ etc. ¿Cuánto nos creemos este cuento? ¿Llegamos al punto de creérnoslo tanto como para vivir con esa meta? Yo creo (y creo por observar un poco) que no. No veo a la gente empezando el día diciendo que va a hacer de ese día algo diferente, algo mejor del que pasó. No veo a la gente cesando discusiones, sino provocando más. No veo a la gente con una sonrisa caminando por la calle.
Yo creo (y creo por comentarios que me hacen) que la gente es bastante hipócrita en este sentido. Te propongo jugar lo siguiente: Te pasó algo terrible, (cortaste con tu novio/a, te fue mal en la facu, se te murió alguien, perdiste algo importantísimo, etc. etc.) ¿qué es lo primero que NO HARÍAS? Martirizarte? Deprimirte? Estar sólo/a? Escuchar música depre? Etc.? Resulta que si bien nada de esto es lógico que hagamos (porque como dijimos antes en la hipótesis, queremos ser felices, queremos estar bien) es lo primero que hacemos y no tenemos ganas de otra cosa. ¿Por qué? Yo creo (por mayoría de votos) que hacemos esto por el simple hecho de que nos gusta estar mal, porque de lo contrario con voluntad –con una gran voluntad- es fácil salir adelante. Sólo hay que saber mirar más allá del hecho en concreto. Hay que tener una concepción de vida para poder ver las cosas de otra manera. En función de la concepción de vida que tengamos es cómo vamos a vivir.
¿Querés ser millonario? ¿Qué esperás para serlo? ¿Qué necesitas, dedicarte a eso día y noche sin descanso ni francos? Sí, eso necesitás y seguro que lo vas a lograr.
¿Qué? ¿Querés ser feliz? lo único que tenés que hacer es cambiar la palabra millonario por feliz en las preguntas de arriba y ya tenés la respuesta.
Yo creo (porque me gusta ser repetitivo) que para ser felices lo único que necesitamos es un poco de voluntad.
La pregunta que viene conectada es ¿Qué es ser felices? Ya habrá tiempo para eso.
Laila Tov
Ari Dajczman
16/06/11- 14 Sivan 5771

lunes, 13 de junio de 2011

La Shin misteriosa

¿Alguna vez te fijaste que en el tefilín de la cabeza hay algo raro? ¿Viste alguna vez un tefilín? ¿Tenés idea de lo que es?
Los Tefilin es uno de los preceptos que está escrito en la Torá-Biblia (Deuteronomio 6:8 "Los atarás como señal sobre tu brazo, y serán un recordatorio entre tus ojos".).Tefilín consiste de dos pequeñas cajas de cuero unidas a correas de cuero. Cada una de las dos cajas contiene cuatro secciones de la Torá escritas en pergamino.
Una de las cajas ("el tefilín del brazo") es colocada sobre el brazo izquierdo para que esté frente al corazón —el lugar de las emociones, y la correa de cuero es envuelta alrededor de la mano izquierda, y alrededor del dedo medio de esa mano. La otra caja (el "tefilín de la cabeza") es puesto sobre la cabeza, por encima de la frente, así reposa sobre el cerebro. De esta manera nuestra atención es dirigida a la cabeza, el corazón y la mano. Esto nos enseña a dedicarnos al servicio a Di-s en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos. También nos enseña a no ser gobernados únicamente por los impulsos del corazón, no sea que esto nos lleve al error y la trasgresión. Ni a ser gobernados solamente por la razón, pues esto puede llevar al crudo materialismo.
Sin embargo una mañana cuando me ponía los tefilín me di cuenta que había escrita una letra shin de cuatro brazos y del otro lado de la caja había una común de 3. Me llamó la atención porque esa letra tiene (el 99% de los casos) sólo 3 brazos.
Quiero contarles que en el judaísmo nada es por casualidad o por error. Todo está por algo así que empecé a averiguar por qué esta letra era diferente a las demás.
Encontré respuestas. Una de ellas fue que hay una letra con 3 ramas, para que el que se pone los tefilín recuerde que son 3 vueltas las que enlazan el dedo medio.
4 para recordar que ese es el número de las secciones de la Torá que están en los tefilín.
3+4, para recordar que 7 son las vueltas en torno al brazo. No me convenció. Otra fue que 3 ramas en honor a los patriarcas, 4 ramas en honor a las matriarcas. No me convenció. Se ponen diferentes grafías de la letra, para que el fabricante en el momento de armar la caja de cuero, sepa en qué orden deben ir colocados los 4 pergaminos, que contienen secciones de la Torá, dentro de la caja. No me convenció.
La respuesta que más me gustó (las otras son igual de válidas) es que si miramos con detenimiento en la parte hueca que forman las ramas de la shin de 4 ramas podemos descubrir una shin de 3 ramas. ¿Qué nos enseña esto? Pues, varias cosas. Una de ellas es que en lo aparente se halla otra cosa. Otra posibilidad, es que algo invisible al ojo es lo que contiene lo que en general es visible.
‘Lo esencial es invisible a los ojos’.
Quiera Di-s que podamos ver más allá de las cosas simples que se nos plantean y sacarle el mayor jugo a la vida. Que podamos ver en esos huecos y encontrar respuestas que muchas veces no tenemos y tanto necesitamos.
Boker Tov.
Ari Dajczman
13/06/11 – 11 Sivan 5771

domingo, 12 de junio de 2011

¿Dónde quiero estar?

Como arte de magia o por inspiración divina me pregunté cual es el lugar que le corresponde a uno en el mundo. Parece irónico que las preguntas más cortas sean las más difíciles de responder. ‘¿de dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Quién soy?’. Siempre ocupamos nuestro tiempo tratando de responder las preguntas del caos en el que vivimos y tratar de organizarlo en un cosmos (como la cultura occidental-griega nos viene enseñando desde sus inicios). Tarde o temprano llegan esas respuestas, a veces más tarde que temprano, pero en fin, llegan.
Lo que me interesa ver es cómo uno siempre se fija en organizar las cosas, en ordenarlas, en justificarlas. Esas cosas que son externas a nosotros y nos olvidamos de lo que hay dentro nuestro. ¿Será que no hay caos en nuestra vida? Y si estás leyendo esto, vas a coincidir conmigo de que no hay persona en toda la existencia que su vida haya sido fácil u ordenada. Mientras más cosas pensás que tenés bajo tu dominio, más te das cuenta de las cosas que escapan a vos. Pero bueno, hoy a los que nos ocupa.
¿Cuál es el lugar de cada uno en el mundo? Cuando nos vamos de vacaciones decimos que pertenecemos a ese lugar. Cuando crecemos en un marco por el que dejamos nuestros días, nuestras horas, donde nos hacemos amistades, decimos que pertenecemos a ese lugar. Cuando somos grandes y formamos una familia decimos que nuestra casa es nuestro lugar. Resulta que cuando vivimos algo tan fuerte decimos que pertenecemos ahí o nos sentimos como si toda la vida nos hubiera preparado para estar ahí. Que nuestro destino es estar ahí. Que si existiera una felicidad seguro que la encontramos ahí. Que La Paz que tanto necesita nuestra alma para desarrollar su máximo potencial está precisamente en ese lugar, pero cuando estemos precisamente ahí vamos a contagiarnos de eso que tanto anhelamos porque encontramos un equilibrio.
Debo decir que para mi la felicidad no está en ese lugar. Y la pregunta indicada es ¿por qué? Porque (para usar un ejemplo) aunque tengamos los hijos más maravillosos del mundo, o estemos en ese lugar soñado (una montaña, el mar, la nieve, Disney, etc) depende únicamente del estado en el que nos encontremos en ese momento. Lo que estoy queriendo decir es que no importa tanto (si bien suma muchísimo) de dónde estemos sino de cómo estemos en ese preciso momento.
¿Por qué recordamos con melancolía los tiempos que pasaron? ¿Quién no quisiera volver a ser niño y poder disfrutar más de la vida sin tantas responsabilidades? ¿Acaso nos acordamos de cómo sufríamos cuando éramos chicos? Claro, pero como somos ahora nos sería facilísimo superar esas ‘pequeñísimas’ crisis de niño (o lo creemos así). Será que decimos que ese lugar que nos provocó o nos provoca algo es nuestro lugar porque existe algo que nos toca donde nada ni nadie lo hace. Será que en esos lugares o mejor dicho, en esos momentos cuando estamos en esos lugares, nosotros no somos los mismos. Será que no existen los problemas en esos lugares. ¿A quién se le ocurriría decir que su lugar es donde está lleno de problemas, sufrimientos, caos? A nadie.
Es hermoso irse de viaje y abstraerse de la vida cotidiana (una de las razones por las que ‘vacacionamos’). Pero lamentablemente no podemos irnos de vacaciones todos los días (porque dejarían de ser vacaciones). Por ende la clave o el desafío hacer del lugar en el que estemos nuestro lugar. ¿Cómo? Estando de la mejor manera para poder disfrutar el día a día.
Yo creo que el lugar de cada uno es, o tendría que ser, el Hoy pensando en cómo voy a estar mañana. Es un desafío que te lo propongo y me lo propongo. Es el desafío que se nos presenta todos los días, vivir. Que lo único que cuesta es vida. Y estoy seguro que vivir y estar bien, nos va a llevar a ser un lugar para el otro y que quiera estar con nosotros porque le damos felicidad y paz.
Ari Dajczman
12/06/11 - 10 Sivan, 5771

viernes, 10 de junio de 2011

'..No te harás ídolos delante de mi..'

Aconteció hoy charlando con un amigo (un amigo de esos de los que podes hablar temas que con otras personas no) que entre palabras se nos escapó una verdad, una verdad tan grande que es difícil refutarla.
Estábamos hablando de que es un gran problema cuando alguien idolatra al otro, por un gran saber o una cualidad importante y la conversación cambió de tema a cuando uno no idolatra al otro, si no, que no le da el valor que este merece.
No sé si me explico: ¿Quién es esa persona a la que realmente admiramos? Y por consiguiente, ¿a quién no? Y la tercera pregunta que viene conectada a cualquiera de las dos es ¿por qué?
Siento que sigo sin explicarme, perdón, tiendo a escribir en trabalenguas. Siempre los ejemplos son muy útiles.
Pregunta para vos que estás leyendo esto: ¿Admirás a  Albert Einstein? ¿Admirás a Aristóteles? ¿Admirás a un amigo, un pariente, un maestro, alguien de la televisión? ¿Admirás a alguien aunque sea? ¿Por qué?
En esto me quiero detener: qué es lo que tiene esa persona para que la admiremos tanto. Qué es eso que cuando lo vemos, escuchamos, sentimos nos pone como locos y nos activa un interruptor (que parece tener tierra por lo poco que se activa, generalmente).
La respuesta es obvia, eso que tiene esa persona es lo que nosotros mismos quisiéramos tener acá y ahora.
¿Cuándo no admiramos a alguien? Cuando no nos interesa eso que tiene, cuando lo sentimos lejos nuestro o cuando vemos que no podemos rescatar nada de la otra persona. (Error gravísimo, lo que tenemos que hacer es poder rescatar eso que tiene de especial nuestro prójimo, el otro, y ahí vamos a ver cuanto lo admiramos)
La charla siguió (como me indica mi memoria, que bastante puede engañar) y apareció la pregunta ‘¿cuándo uno empieza a idolatrar al otro?’. Seguramente esta pregunta tendrá muchas respuestas, pero la nuestra fue la siguiente: Si bien podés admirar a una persona, cuando te das cuenta de que no vas a poder llegar a donde este personaje tan importante ha llegado, le empezás a dar un valor un poco superior al de admiración. Este valor nuevo puede ser como no, idolatría[1]. Digo ‘como no’ porque ése es justamente el punto central de la cuestión.
Existen muchas cosas que pueden cambiar cuando tu cabeza hace ese ‘clic’ y se abren tus ojos y te das cuenta que no vas a poder alcanzar a tu sujeto admirado. Lo peor que podés hacer es darle el valor de ídolo, porque el día que se equivoque vas a tomar su error como algo que está bien o vas a encontrar siempre una excusa para defenderlo y cegar tus ojos. Al idolatrar a una persona le estamos dando un valor sobre-humano que lamento decirles, señoras y señores, niños y niñas, nadie tiene. Y si les creé un paradigma en su forma de pensar, vayan aceptándolo, porque es esa verdad de la que hablaba al principio. Dios nos hizo humanos como los que somos, nadie más grande ni grandioso que otro, sino todos diferentes. Nadie por encima de nadie. Personas simples con una gran potencial por desarrollar. ¿Será que eso es justamente lo que tenemos que lograr? ¿Desarrollar nuestro potencial al máximo? Ser las mejores personas que podamos, tomando los mejores ejemplos de los demás y no quedarnos con ser IGUALES a ellos, por la simple razón de que nadie está completo, sino que viene a este mundo a completarse. Desde el comienzo, desde Bereshit que es así. Repito, si empezamos a idolatrar a algún otro, pobre de nosotros cuando (a) justifiquemos los errores de nuestro ‘ídolo’ (b) llegue al punto de que nuestro ‘ídolo’ cometa cierto error (como es posible ya que es un humano sin poderes mágicos más que los que tenemos todos) que se nos caiga la imagen que teníamos de él y pasemos de idolatrarlo a odiarlo.

Quiera Dios que podamos rescatar siempre las cosas positivas de todos los demás. Que podamos verlos como pares a nosotros y no personas inferiores o superiores. Que abramos los ojos y seamos concientes de que no somos personas terminadas, que el día a día cuenta para sumar o restar. Eso sólo depende de nosotros.
Shabat Shalom
Ari Dajczman
10/06/11 – 8 Sivan 5771


[1] Si bien la palabra idolatría connota ídolo - imagen de una deidad representada por un objeto (escultura, pintura, etc.), que es adorado (le es rendido culto ) – no quiero usar ese significado si no el de ‘‘algo más que hombre común y corriente’’