Una canción distinta a la que escuchamos todos los días. Un poco de humor, sarcasmo, música, noticias, y reflexiones

lunes, 6 de agosto de 2012

Pandora y el silencio

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 Habló así y rió el Padre de los hombres y de los Dioses, y ordenó al ilustre Hefesto que mezclara en seguida la tierra con el agua y de la pasta formara una bella virgen semejante a las Diosas inmortales, y a la cual daría voz humana y fuerza. Y ordenó a Atenea que le enseñara los labores de las mujeres y a tejer la tela; y que Afrodita de oro esparciera la gracia sobre su cabeza y le diera el áspero deseo y las inquietudes que enervan los miembros. Y ordenó al mensajero Hermeas, matador de Argos, que le inspirara la impudicia y un ánimo falaz. Ordenó así, y los aludidos obedecieron al rey Zeus Cronión. Al punto, el ilustre Cojo de ambos pies, por orden de Zeus, moldeó con tierra una imagen semejante a una virgen venerable; la Diosa Atenea la de los ojos claros la vistió y la adornó; las Diosas Cárites y la venerable Pito colgaron a su cuello collares de oro; las Horas de hermosos cabellos la coronaron de flores primaverales; Palas Atenea le adornó todo el cuerpo; y el Mensajero matador de Argos, por orden de Zeus retumbante, le inspiró las mentiras, los halagos y las perfidias; y finalmente el Mensajero de los Dioses puso en ella la voz. Y Zeus llamó  ésta mujer Pandora, porque todos los Dioses de las moradas olímpicas le dieron algún don, que se convirtiera en daño de los hombres que se alimentan de pan.
Tras acabar esta obra perniciosa e inevitable, el Padre Zeus envió hacia Epimeteo al ilustre Matador de Argos, veloz mensajero de los Dioses, con ese presente; y Epimeteo no pensó en que Prometeo le había recomendado que no aceptara nada de Zeus Olímpico y le devolviera sus presentes para que no trajesen desgracia a los mortales. Y aceptó el obsequio, y no sintió el mal hasta después de haberlo recibido.
Antes de aquel día, las generaciones de los hombres vivían sobre la tierra exentas de males, y del rudo trabajo y de las enfermedades crueles que acarrean la muerte a los hombres. Porque ahora los mortales envejecen entre miserias.
Y aquella mujer, levantando la tapa de un gran vaso que tenía en sus manos, esparció sobre los hombres las miserias horribles. Únicamente la Esperanza quedó en el vaso, detenida en los bordes, y no echó a volar porque Pandora había vuelto a cerrar la tapa por orden de Zeus tempestuoso que amontona las nubes. 
Y he aquí que se esparcen innumerables males entre los hombres y llenan la tierra y cubren el mar; noche y día abruman las enfermedades a los hombres, trayéndoles en silencio todos los dolores, porque el sabio Zeus les ha negado la voz. Y así es que nadie puede evitar la voluntad de Zeus. 
[...]



No es necesidad primera, en mi lectura de tal fragmento, que el Padre de la Historia quiera hacer mención específicamente a las mujeres y a los varones, sino a lo masculino y lo femenino, tan mal interpretando a través de las épocas.
Envueltos en nubes sentimentales los hombres que menciona Hesíodo en este fragmento de Los Trabajos y los Días, ésos somos nosotros. Todos los hombres del mundo. Nosotros, que en una bruma de amor o enamoramiento -tan distante el uno del otro- vemos virar nuestra vida de la felicidad a los más temibles horrores por culpa de los entes más hermosos y tan potencialmente dañinos como las mujeres o mejor dicho, lo femenino, representado por la bella virgen semejante a las Diosas inmortales. 
Lo femenino, formado de la tierra y el agua (combinación perfecta para la vida) y lo masculino labrador, se encuentran en un acto enfermizo de celos, dudas, enigmas, divinidad, venganza y amor.
Pandora, tan sabia como Atenea, abre su vaso-vasija, su parte femenina, el triángulo invertido, el cáliz, su virginidad, y como resultado, el hombre tiene miserias y pierde todo, hasta la esperanza de encontrar la libertad de estar perdidamente enamorado de su distinto.
Finalmente, lo único que le queda es el silencio de disfrutar el torbellino en el que se entremezclan la belleza y los horrores. No existen palabras para explicar la sensación de estar enamorado o quién sabe, amar a alguien.